Comencé a tener malos sueños. Olas gigantescas inundaban mi ciudad, a cientos de kilómetros de la costa, y el agua era negra y espesa como tinta de pulpos. Hombres con cabezas giradas y bocas de mantis religiosa me esperaban al entrar a mi casa, relamiéndose las mandíbulas de insecto y chasqueando los dedos con un ritmo monótono.
Pero el peor de mis sueños era uno en el que simplemente observaba por la ventana, sin notar nada por fuera de lo común, pero con la súbita y espeluznante sensación de que la muerte me envolvía con un manto espeso.
Ya no podía dormir. Contaba ovejas y éstas se desplomaban muertas sobre la cerca que debían saltar. Cualquiera de mis pensamientos nocturnos se veía invadido por criaturas malignas, agua oscura y burbujeante o simplemente con el denso silencio de la muerte.
Lo intenté todo. Visité médicos de distintas especialidades, tomé té, píldoras, cápsulas, gotas, infusiones, emplastos; pero su efecto somnífero no debilitaba mis pesadillas.
Compré colchones ortopédicos, velas aromáticas, viejos cassettes con música curativa.
Todo ello en vano.
Me removía entre las sábanas, le daba vueltas a la almohada.
¡Claro, la almohada!
La sacudí y filas y filas de pequeñas mantis religiosas brotaron de ella, rompiendo la tela y desparramando las plumas, algunas mantis hembra aún devorando los cadáveres de sus compañeros.
Me alejé de la cama, espantado. Abrí la ventana por un poco de aire y cuando al fin logré calmarme escuché con horror el rugido del mar, acercándose.
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