miércoles, 29 de agosto de 2012

Ejercicio 9: Adjetivos

Delicioso fue haber sido invitada a asistir a una de sus clases, profesor.
Aunque, claro, la invitación no fue precisamente verbal.
Todas las invitaciones anteriores lo fueron. A tomar un café. A cenar. A pasar una, dos, tres noches con usted. Usted tuvo palabras maravillosas para cada ocasión, palabras que decía usted eran sólo para mí. El café, aromático y tibio. La cena, dulce y picante, tierna pero bien conformada. ¿Las noches? ¡Largas y agitadas, como toda buena noche!
Decía usted que sólo eran para mí. Lastimosamente usted se sienta cada noche con un diccionario y un cigarrillo, subrayando con un lápiz palabras para las otras mujeres a las que invita a tomar un café.
Usted necesitó palabras para llevarme al café. Ya no necesita ninguna para que vuelva a verlo, he visto en sus ojos que todavía me desea. Por eso, el próximo martes en la mañana, aunque usted no me haya dicho nada, yo entraré a su clase.
Siempre definió mi voz como melodiosa, la única voz realmente melodiosa, hasta el viernes pasado, cuando el chillido emocionado de la morena de turno le pareció más musical que mis palabras. Dado que mi voz ahora le parece tan cacofónica, no me molestaré en hablar cuando lo visite. No se preocupe, apenas estaré unos minutos, para mostrarle a usted, a la morena de turno y al resto de sus alumnos un sonido innegablemente celestial.
Estaré a su lado, al lado del tablero. Le dedicaré la más preciosa de mis sonrisas y apoyaré mis uñas en el tablero, rasguñándolo, sacándole un grito melodioso, hasta que sus oídos sangren, hasta que ya nunca, y escúcheme bien, nunca, quieran sus labios pronunciar una palabra para otra mujer. 

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