martes, 14 de agosto de 2012

Ejercicio 7: Cantando en la ducha

Tener el agua en la temperatura perfecta es un arte. De escaldarse a helarse sólo hay un pequeño movimiento de muñeca, unos grados hacia la derecha, otros hacia la izquierda, ya está. Puedo meter mi cara debajo del agua, reflexionar sobre el sinsentido de la vida durante largos minutos. ¿Desperdicio de agua, dicen? Desperdicio mi mente si no hago esto.
A veces hay desagradables interrupciones en mi rutina de aseo y meditación. A veces se va la luz y quedo sólo, desnudo, en la oscuridad, bajo un chorro helado que me congela el espinazo. Otras veces suena el teléfono y corro desesperado en toalla, resbalándome en los charcos. Siempre resulta ser la misma llamada publicitaria de televentas.
La semana pasada, mientras cerraba los ojos y repasaba el sentido de la individualidad en contrapeso a la responsabilidad colectiva, tuve una terrible interrupción. Una voz comenzó a hacer retumbar la puerta de cristal de la ducha, a perturbar el flujo del agua. La voz cambiaba a un falseto espeluznante de un momento a otro, sentía mis oídos ensordecerse. No era capaz de salir de la ducha. Era una especie de imitador de Pavarotti o algo así y tuve que esperar a que hiciera una pausa para poder escapar del baño, despavorido.
Dejé la ducha abierta por dos horas más, horrorizado con la idea de entrar al baño y volver a encontrarme con la voz del hombre.
A la mañana siguiente, cuando volví a bañarme, el hombre cantaba otra vez. Deduje correctamente que era mi vecino, pues los baños de los apartamentos están separados sólo por un muro. Mi refugio para el espíritu estaba siendo robado por aquel hombre y sus óperas. Lo único que podría funcionar, porque el tipo era sordo o indiferente a mis agónicos alaridos, sería visitarlo personalmente.
Una mujer con los ojos desorbitados me abrió la puerta. Su cara de espanto era algo que jamás había visto. Me señaló el baño con su mano temblorosa. Me acerqué el baño lentamente, con el corazón en la mano, y...
¡Oh, horror! ¡Su baño estaba lleno de enormes, negras y obesas ratas! El hombre, falto de eunucos, había entrenado a los animales para convertirlos en su coro personal. Yo, que detesto todo lo que represente la suciedad, corrí a encerrarme en mi casa y no salí por tres días, escuchando a ratos el canto de los roedores.
Hoy me enteré de que el hombre consiguió un contrato con una discográfica. En cambio yo sigo aquí, con tapones en los oídos y contando los azulejos en la pared, sintiendo cómo el agua me rebota en la coronilla mientras le doy final a esta historia.

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