Días bisiestos
miércoles, 29 de agosto de 2012
Ejercicio 1: Palabras encadenadas
Natalia. Liaba. Barbudo. Donador. Doradal. Daltonismo. Movía. Viaducto. Tomate. Tetera. Ramón. Monsalve. Veneno. Nómada. Dantesco. Colmena. Nadaísmo. Movedizo. Zopenco. Coleóptero. Robar. Bárbaro. Romería. Riachuelo. Lodazal. Zalamero. Roca. Capas. Pastilla. Llanura. Ranura.
Ejercicio 3: "Un pintor no tiene más enemigos serios que sus propios cuadros"
- Los villanos de mis historias han intentado asesinarme durante toda mi vida.
- Un cuadro no quiere fastidiar nunca a nadie, excepto quizás a su propio pintor.
- Los cuadros que pinto de todas mis amantes me duran hasta que ya no soporto sus miradas.
- No hay nada peor que envenenarse con la propia comida.
- Todos los demás siempre creen que he creado ángeles, yo siempre he creído que he creado monstruos.
Ejercicio 4: In situ
Bajo las escaleras húmedas, de una en una, lentamente, me persiguen lagartijas de cabeza roja, rezagos de salamandras que aman el fuego y aborrecen la humedad. Me detengo. Ellas siguen corriendo, cada vez más numerosas, cada vez más rojas, retorciéndose entre las rocas mojadas mojadas, brillando suavemente con el sol matutino. Los peldaños de cemento, ya flojos y desgastados, tiemblan con el correr de los reptiles y se tornan áridos. El viento trae cenizas de las laderas de colinas lejanas, el aroma de las llamas, el calor lejano. Las guaduas se mecen con el viento denso, las lagartijas siguen corriendo. ¿Y yo? Yo decido correr con ellas.
Ejercicio 5: La almohada
Comencé a tener malos sueños. Olas gigantescas inundaban mi ciudad, a cientos de kilómetros de la costa, y el agua era negra y espesa como tinta de pulpos. Hombres con cabezas giradas y bocas de mantis religiosa me esperaban al entrar a mi casa, relamiéndose las mandíbulas de insecto y chasqueando los dedos con un ritmo monótono.
Pero el peor de mis sueños era uno en el que simplemente observaba por la ventana, sin notar nada por fuera de lo común, pero con la súbita y espeluznante sensación de que la muerte me envolvía con un manto espeso.
Ya no podía dormir. Contaba ovejas y éstas se desplomaban muertas sobre la cerca que debían saltar. Cualquiera de mis pensamientos nocturnos se veía invadido por criaturas malignas, agua oscura y burbujeante o simplemente con el denso silencio de la muerte.
Lo intenté todo. Visité médicos de distintas especialidades, tomé té, píldoras, cápsulas, gotas, infusiones, emplastos; pero su efecto somnífero no debilitaba mis pesadillas.
Compré colchones ortopédicos, velas aromáticas, viejos cassettes con música curativa.
Todo ello en vano.
Me removía entre las sábanas, le daba vueltas a la almohada.
¡Claro, la almohada!
La sacudí y filas y filas de pequeñas mantis religiosas brotaron de ella, rompiendo la tela y desparramando las plumas, algunas mantis hembra aún devorando los cadáveres de sus compañeros.
Me alejé de la cama, espantado. Abrí la ventana por un poco de aire y cuando al fin logré calmarme escuché con horror el rugido del mar, acercándose.
Pero el peor de mis sueños era uno en el que simplemente observaba por la ventana, sin notar nada por fuera de lo común, pero con la súbita y espeluznante sensación de que la muerte me envolvía con un manto espeso.
Ya no podía dormir. Contaba ovejas y éstas se desplomaban muertas sobre la cerca que debían saltar. Cualquiera de mis pensamientos nocturnos se veía invadido por criaturas malignas, agua oscura y burbujeante o simplemente con el denso silencio de la muerte.
Lo intenté todo. Visité médicos de distintas especialidades, tomé té, píldoras, cápsulas, gotas, infusiones, emplastos; pero su efecto somnífero no debilitaba mis pesadillas.
Compré colchones ortopédicos, velas aromáticas, viejos cassettes con música curativa.
Todo ello en vano.
Me removía entre las sábanas, le daba vueltas a la almohada.
¡Claro, la almohada!
La sacudí y filas y filas de pequeñas mantis religiosas brotaron de ella, rompiendo la tela y desparramando las plumas, algunas mantis hembra aún devorando los cadáveres de sus compañeros.
Me alejé de la cama, espantado. Abrí la ventana por un poco de aire y cuando al fin logré calmarme escuché con horror el rugido del mar, acercándose.
Ejercicio 9: Adjetivos
Delicioso fue haber sido invitada a asistir a una de sus clases, profesor.
Aunque, claro, la invitación no fue precisamente verbal.
Todas las invitaciones anteriores lo fueron. A tomar un café. A cenar. A pasar una, dos, tres noches con usted. Usted tuvo palabras maravillosas para cada ocasión, palabras que decía usted eran sólo para mí. El café, aromático y tibio. La cena, dulce y picante, tierna pero bien conformada. ¿Las noches? ¡Largas y agitadas, como toda buena noche!
Decía usted que sólo eran para mí. Lastimosamente usted se sienta cada noche con un diccionario y un cigarrillo, subrayando con un lápiz palabras para las otras mujeres a las que invita a tomar un café.
Usted necesitó palabras para llevarme al café. Ya no necesita ninguna para que vuelva a verlo, he visto en sus ojos que todavía me desea. Por eso, el próximo martes en la mañana, aunque usted no me haya dicho nada, yo entraré a su clase.
Siempre definió mi voz como melodiosa, la única voz realmente melodiosa, hasta el viernes pasado, cuando el chillido emocionado de la morena de turno le pareció más musical que mis palabras. Dado que mi voz ahora le parece tan cacofónica, no me molestaré en hablar cuando lo visite. No se preocupe, apenas estaré unos minutos, para mostrarle a usted, a la morena de turno y al resto de sus alumnos un sonido innegablemente celestial.
Estaré a su lado, al lado del tablero. Le dedicaré la más preciosa de mis sonrisas y apoyaré mis uñas en el tablero, rasguñándolo, sacándole un grito melodioso, hasta que sus oídos sangren, hasta que ya nunca, y escúcheme bien, nunca, quieran sus labios pronunciar una palabra para otra mujer.
Ejercicio 2: En algún lugar de mi casa
Estanterías de izquierda a derecha, de arriba a abajo:
Un dibujo de un hombre serpiente. Demonios, no suena el teléfono todavía. Me retuerzo en el sofá.
Bioingeniería, tomo IV. Todos los relojes de la casa están configurados, aparentemente, en una zona horaria distinta. ¿Vas tarde o te espero desde muy temprano?
Bioingeniería, tomo II. Está empezando a llover, ¿Debería pararme y cerrar la puerta del patio?
Diccionario etimológico. Se está mojando la ropa afuera. Pero no hay nadie más en la casa, si salgo y se cierra la puerta, si salgo y llamas y no te escucho y no te contesto, ¿Cómo vas a llegar?
Una botella de terapia floral para calmar la ansiedad, posiblemente gotas de nogal. Suena el teléfono. ¡Suena el teléfono! La terapia floral es poderosa, con sólo mirarla ya no siento nada de nervios.
Las mil y una noches, tomo I. Era la tía Lucía, preguntando si tenemos la receta de lomo de cordero. Le tiro el teléfono sin decirle nada.
La fotografía aérea. El agua se está entrando a la casa, yo cambio de posición en la silla. Me muerdo los dedos porque me da asco morderme las uñas. ¿Dónde estás?
Un frasco de detergente. Mi perro me mira con cara de frío, no le hago caso y él se va para la sala de la casa, indignado. El teléfono no ha vuelto a sonar.
Boletín de la sociedad geográfica de Colombia, 1957 - 1961. Está empezando a granizar. Vos dónde estás, seguro te estás muriendo de frío, vos dónde estás.
Ana Karenina. Los pedazos de hielo rebotan contra el piso cuando entran a la casa. El agua amenaza con mojar los muebles. Pero el teléfono sigue sin sonar.
Un recipiente con jabón para hacer burbujas. Mi perro ha decidido ladrarle a la tormenta. Yo levanto los pies para no mojarlos.
Literatura maya. ¿Hice algo que te molestó? ¿Te pasó algo? ¿Te di mal mi número de teléfono? ¿No me querés volver a ver?
Un cartucho de tinta de impresora. Tal vez debería revisar el teléfono.
Antología de poemas. Dejé el teléfono descolgado. Dejé el teléfono descolgado. ¿Cómo carajos puedo ser tan tonta?
American civil engineers' handbook. Corro hacia la tormenta, descalza, con un teléfono en la mano. A buscarte.
Un dibujo de un hombre serpiente. Demonios, no suena el teléfono todavía. Me retuerzo en el sofá.
Bioingeniería, tomo IV. Todos los relojes de la casa están configurados, aparentemente, en una zona horaria distinta. ¿Vas tarde o te espero desde muy temprano?
Bioingeniería, tomo II. Está empezando a llover, ¿Debería pararme y cerrar la puerta del patio?
Diccionario etimológico. Se está mojando la ropa afuera. Pero no hay nadie más en la casa, si salgo y se cierra la puerta, si salgo y llamas y no te escucho y no te contesto, ¿Cómo vas a llegar?
Una botella de terapia floral para calmar la ansiedad, posiblemente gotas de nogal. Suena el teléfono. ¡Suena el teléfono! La terapia floral es poderosa, con sólo mirarla ya no siento nada de nervios.
Las mil y una noches, tomo I. Era la tía Lucía, preguntando si tenemos la receta de lomo de cordero. Le tiro el teléfono sin decirle nada.
La fotografía aérea. El agua se está entrando a la casa, yo cambio de posición en la silla. Me muerdo los dedos porque me da asco morderme las uñas. ¿Dónde estás?
Un frasco de detergente. Mi perro me mira con cara de frío, no le hago caso y él se va para la sala de la casa, indignado. El teléfono no ha vuelto a sonar.
Boletín de la sociedad geográfica de Colombia, 1957 - 1961. Está empezando a granizar. Vos dónde estás, seguro te estás muriendo de frío, vos dónde estás.
Ana Karenina. Los pedazos de hielo rebotan contra el piso cuando entran a la casa. El agua amenaza con mojar los muebles. Pero el teléfono sigue sin sonar.
Un recipiente con jabón para hacer burbujas. Mi perro ha decidido ladrarle a la tormenta. Yo levanto los pies para no mojarlos.
Literatura maya. ¿Hice algo que te molestó? ¿Te pasó algo? ¿Te di mal mi número de teléfono? ¿No me querés volver a ver?
Un cartucho de tinta de impresora. Tal vez debería revisar el teléfono.
Antología de poemas. Dejé el teléfono descolgado. Dejé el teléfono descolgado. ¿Cómo carajos puedo ser tan tonta?
American civil engineers' handbook. Corro hacia la tormenta, descalza, con un teléfono en la mano. A buscarte.
Ejercicio 6: Con los sentidos
El último rayo de luz vespertina atravesó la rendija de la puerta y me golpeó los ojos. Con el calor tibio en los párpados me giré hacia vos y te dije no veo nada, me dejó ciega esa luz, pero era mentira, yo te veía a vos en la oscuridad tan nítido que veía tu voz flotar en el aire y caer despacio, muy despacio, hasta rozarme la piel con un cosquilleo inusual. Cada centímetro de mi piel tuvo una reacción eléctrica, explosiva. Mis manos se crisparon ante la estática en el aire, destrozándose a sí mismas, clavándose las uñas en la piel. Vos las separaste, dejaste que se clavaran en las tuyas. Mi voz murió en mi garganta y se convirtió en un susurro, se desparramó por el piso y se fue para siempre.
Alguien abrió la puerta.
Sólo encontró dos voces perdidas, entrelazadas.
Alguien abrió la puerta.
Sólo encontró dos voces perdidas, entrelazadas.
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